La democracia basa sus decisiones en las consultas populares donde el que mayor apoyo por votos obtenga es quien aplica su directiva a seguir. La mitad sería el 50% lo que daría empate, pero cuando el pueblo expone en un 68% una opinión y exige una solución, es mayoría aplastante y deben los gobernantes escucharlos y acceder a sus quejas o reivindicaciones. Cuestión de números y de democracia que no se puede ignorar a la torera.Hoy leemos que un 68% de españoles piensa que la inmigración es excesiva, desbordada, aplastante y causante del resto de los males que asolan nuestra nación. Esto lo opina el pueblo a día de hoy cuando han visto afectadas sus carteras y su bienestar, antes era divertido ver a un amerindio mendigando en el metro o a los pobrecitos niños gitanos paseando por las calles y era curioso cómo la gente decía “déjalos que se están ganando la vida” a esos manteros delincuentes que traficaban en las calles con CD´s o con perfumes o con cualquier objeto robado. Eso era antes de que las tarjetas de crédito se saturasen, antes de que la abuela se pusiera enferma y debió estar en los pasillos de un hospital porque las urgencias estaban saturadas de inmigrantes ilegales.
El 66% de los españoles relacionan la inmigración con la crecida de la delincuencia, solo el 66 porque al parecer el resto pertenece a los no-afectados o a los que viven en su mundo de Yupi. Pero las cifras de valoración real sobre esa lacra destructiva siguen creciendo. Ya no es exótico que nos aparque el coche un chantajista negro o gitano, ahora resulta peligroso. Ni es tan tierno que una gitana nos tire de la chaqueta para pedirnos limosna, ahora es temerario.
Todo cambia, los ojos se abren y las mentiras sobre las que basaron los gobiernos de regularización y de explotación van cayendo como caen cada día las falsedades que vierten quienes no pueden aportar pruebas y datos para sus desmanes y deben configurar películas de tapadera para justificar sus errores que jamás reconocerán porque fue el miedo a perder sus privilegios lo que los llevó a actuar de esa manera, abriendo las puertas para despistar y a intentar o pretender humillar al ciudadano de bien para ocultar sus vergüenzas.
No quisieron la mano especializada y responsable, los trabajadores que bien sabían su función y que se desvivían por la empresa y contrataron seres manejables, dóciles, sin capacidad de crítica, personajillos sumisos y sin consciencia de su labor a los que llamaron operarios y los dejaron tan felices dándoles un mando sobre el martillo y el ladrillo pero sin saber utilizarlo. ¡Qué más dá! No había que crear, simplemente mantener la ilusión de nuevos palacios en desiertos sin agua.
Ahora, como siempre en la historia, el pueblo se da cuenta de su error, apercibe la barbaridad de haber aceptado a esos inútiles de cuatro pesetas y vislumbra su quiebra por la necedad de quienes les gobiernan. Aumenta el paro y la nación ha quedado estancada, peor aún, en retroceso, aislada aún más y al borde de ser despojada de las pocas ventajas de recuperación que quedaban. Las han agotado dando prioridad a esos desalmados pedigüeños que solo vienen a destruir y a invadir una nación que podría ser grande y que por necedad, avaricia y envidias baja cada día más a la posición de tercermundista.
Es cuestión de números y de democracia, si el pueblo decide que son muchos y malos, hay que escuchar al pueblo y expulsarlos para regularizar la vida normal y crecer hasta donde se marcaban los objetivos. Pero el problema es que no hay objetivos y si los hubiese se realizan con total fluidez: destruir la nación, hacerla dependiente de otras terceras y ser los lame-culos del resto. Eso sí, con un puñado de forofos inservibles que vitorean a los del banco azul y festejan con la oposición mientras la invasión destroza nuestras reservas y satura nuestros recursos. Es más cómodo domar a cuatro amerindios incultos y a tres gitanos que neutralizar a un pueblo con ganas de lucha y de verdad.










